Nadie pone «reuniones» ni «correo» en su lista de tareas, y aun así se llevan media jornada. No en un bloque grande que se vea venir, sino a trocitos: media hora aquí, un vistazo al buzón allá, un «solo cinco minutos» que se hacen veinte. Sumado al final de la semana, asusta.
Lo caro no es solo el rato dentro de la reunión o leyendo el buzón. Es lo de después: cada corte te saca de lo que estabas haciendo, y volver a entrar cuesta. Un día partido en veinte pedazos rinde mucho menos que uno con dos o tres bloques enteros, aunque el reloj marque las mismas horas.
Antes de cambiar nada, mídelo. Una semana apuntando cuánto tiempo se van en reuniones y en el correo. Sin juzgar, solo mirar.
Casi siempre el número real sorprende, y ver el bulto entero es lo que da permiso para recortar. No se trata de trabajar más rápido ni de contestar peor: se trata de recuperar horas que ahora se escapan sin que nadie lo note, y de que nadie eche de menos las que quites.
Empezamos por la más fácil de recuperar: la reunión que, mirándola de frente, no hacía ninguna falta.